La Expiación {la Sangre de Cristo}

 

 

A.    Algunos eruditos discuten si con el uso de la palabra s. en el contexto de un sacrificio se pone el énfasis en la muerte o en la vida de lo sacrificado. Al decir, entonces, que somos salvos “por la sangre de Cristo”, se quiere significar que somos salvos por participar de su vida. Pero, en realidad, el énfasis de la Escritura cuando habla de s. se relaciona con la idea de muerte.  Para ser más precisos, la idea de una vida ofrecida a través de la muerte. En el pensamiento hebreo, “la vida de la carne en la sangre está” (Gn. 9:4; Lv. 17:11, 14).

a.       Génesis 9.4  Pero carne con su vida, que es su sangre, no comeréis.

b.      Levítico 17.11 Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.

c.        Levítico 17.14 Porque la vida de toda carne es su sangre; por tanto, he dicho a los hijos de Israel: No comeréis la sangre de ninguna carne, porque la vida de toda carne es su sangre; cualquiera que la comiere será cortado.

d.       

B.     En los sacrificios por los pecados, establecidos por Dios, había que derramar completamente la sangre de las víctimas en el momento de ser ofrecidas.

a.       Levítico 1.5 Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión.

b.      Éxodo 12.7 Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer.

c.       Deuteronomio 12.24 No la comerás; en tierra la derramarás como agua.

C.     Se prohibía comer la s. de los animales

a.       Levítico 3.17 (RVR60)
17 Estatuto perpetuo será por vuestras edades, dondequiera que habitéis, que ninguna grosura ni ninguna sangre comeréis.

b.      1º Samuel 14.31-35 (RVR60)
31 E hirieron aquel día a los filisteos desde Micmas hasta Ajalón; pero el pueblo estaba muy cansado. 32 Y se lanzó el pueblo sobre el botín, y tomaron ovejas y vacas y becerros, y los degollaron en el suelo; y el pueblo los comió con sangre. 33 Y le dieron aviso a Saúl, diciendo: El pueblo peca contra Jehová, comiendo la carne con la sangre. Y él dijo: Vosotros habéis prevaricado; rodadme ahora acá una piedra grande. 34 Además dijo Saúl: Esparcíos por el pueblo, y decidles que me traigan cada uno su vaca, y cada cual su oveja, y degolladlas aquí, y comed; y no pequéis contra Jehová comiendo la carne con la sangre. Y trajo todo el pueblo cada cual por su mano su vaca aquella noche, y las degollaron allí. 35 Y edificó Saúl altar a Jehová; este altar fue el primero que edificó a Jehová.

 

 

 

 

 

D.    Expiación.

a.        (heb. kippurîm, literalmente, "cubiertas" [de los verbos kâfar, "cubrir", "hacer expiación", "reconciliar"; y kipper, "cubrir pecados"]; kappêr, "sustitución"; gr. katallague, "reconciliación").

b.      La idea de sacrificio expiatorio significaba que la vida del animal era entregada en lugar del pecador que merecía la muerte. La s. del animal sustituía la s. del pecador, que debía ser derramada.

E.     En el NT el término es haima. En unas veinticinco ocasiones el vocablo se utiliza en relación con la muerte de Cristo en la cruz. De manera que las costumbres sacrificiales del AT son presentadas como un tipo, una lección objetiva que apuntaba hacia el sublime acto que Jesús consumaría ofreciéndose como sacrificio santo por los pecados de todo el mundo.

a.       Cristo.
12 y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Hebreos 9.12 (RVR60)      
Se entiende que al mencionar la s. de Cristo, se hace una referencia a su muerte expiatoria  (“... sin derramamiento de s. no se hace remisión” [He. 9:22],

F.      Lo que la Sangre de Jesús Es Para el hombre (ver Nota)

a.       De ahí que el NT enfatice a menudo sobre el poder de “la s. de Jesucristo” (1 P. 1:2; He. 10:19; 1 Jn. 1:7), “la s. de Cristo” ( 1 Co. 10:16; Ef. 2:13); “la s. del Señor” (1 Co. 11:27); y “la s. del Cordero” (Ap. 7:14; 12:11).

b.      Es por la muerte expiatoria del Señor Jesús en la cruz del Monte calavera que obtenemos perdón de pecados, limpieza y entrada a la presencia de Dios.

c.       La iglesia es propiedad del Señor, por cuanto él la “ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28).

                                                              i.      Es a esto que el NT llama “redención” (Ef. 1:7).

                                                            ii.      Antes de convertirse a Cristo, los seres humanos existen en una “vana manera de vivir”, de la cual fueron rescatados los creyentes, “no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la s. preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 P. 1:18–19).

d.      La justicia y santidad de Dios le obligan a condenar el pecado. El NT es muy enfático al presentar el hecho de que Dios está airado a causa del pecado, pues “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (Ro. 1:18; Col. 3:6; 1 Ts. 1:10). Dios proveyó soberanamente en el AT una manera para realizar la e. de los pecados por medio de los sacrificios de animales, cuya sangre se derramaba siguiendo las instrucciones divinas.

e.       Pero la muerte de un animal no podía tener el valor suficiente como para compensar la magnitud de la ofensa a Dios que el pecado representa, ni borrar la culpa (“La sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” [He. 10:4]).

f.       La explicación del propósito de los sacrificios veterotestamentarios de animales la ofrece el NT cuando dice que ellos eran “figura y sombra” (He. 8:5) de lo que habría de venir: la muerte del Señor Jesús en la cruz. Él es “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn. 1:29). Fue necesario que Dios mismo buscara y ofreciera una salida al problema del pecado a través de la encarnación y muerte de su Hijo, que se convirtió así en ofrenda expiatoria y propiciatoria.

g.      El hecho mismo de que fuera Dios quien tuviera la iniciativa en este sentido indica ya que la obra de e. surge de su amor hacia los hombres. No se trata de una deidad pagana, caprichosa, antojadiza y despótica a la cual hay que supuestamente satisfacer con sacrificios. Dios ama al ser humano y de sí mismo desea su bien, por eso buscó la solución. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

h.      Por lo tanto, la e. no se realiza a contrapelo de la voluntad de Dios, como quien le arrebata algo, o como si se le impusiera. Surge de Dios mismo la iniciativa de hacerla para beneficio nuestro, pues él “no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9).

i.        El hombre, por sí mismo, no podía satisfacer la justicia de Dios, ni su consiguiente ira, pues lo que sale de él viene forzosamente contaminado, ya que “todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia” (Is. 64:6).

j.        Por eso era imprescindible que la e. se realizara en forma sustitutiva o vicaria, es decir, que una víctima sin culpa recibiera el castigo merecido por el pecador. Esta verdad se repite constantemente en el NT. Cuando instituyó la Santa Cena, el Señor Jesús dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 26:28). Pedro escribía que el Señor Jesús “llevó ... nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24).

k.       De manera que la muerte de Cristo no puede ser presentada como la de un mártir, ni decirse que sólo murió para darnos alguna lección, por más sublime que ésta sea.

l.         La muerte de Cristo, tema céntrico de las Escrituras, en las cuales se alude a ella con las expresiones referidas a su sangre, tuvo lugar “en vez de” el pecador, en nuestro lugar. Es una muerte vicaria. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2).

 
 
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